Cuando la organización estadounidense de salud investigó las razones por las que los jóvenes comienzan a fumar, determinó que la justificación más efectiva era la opinión de que "ayuda a perder peso" y decidió investigar la veracidad de esta opinión en 4000 voluntarios.

Robert Klesges de la Universidad de Memphis llevó a cabo la investigación durante un período de 7 años; los resultados se publicaron en la revista Journal of Consulting and Clinical Psychology. La investigación concluyó que no existe una relación significativa entre fumar y perder peso.

A un grupo de personas de raza negra se les sugirió que si fumaban, adelgazarían. Este grupo perdió una cantidad de peso insignificante después de un tiempo, y luego recuperó el peso perdido. La razón para elegir a la raza negra fue que su metabolismo funciona hereditariamente más rápido. En los otros grupos no se observó ninguna pérdida de peso.

Se determinó que quienes dejaban de fumar ganaban aproximadamente entre 4 y 6,6 kilos; sin embargo, este aumento no se asoció con que fumar acelera el metabolismo, sino con el consumo excesivo de comida basura debido al estrés durante el proceso de abandono. Aproximadamente un año después de dejarlo, este peso puede perderse gradualmente.

En conclusión, fumar no ayuda a perder peso; por el contrario, puede causar un aumento de peso temporal durante el proceso de abandono. Se intenta acostumbrar a los adolescentes en la pubertad a fumar con esta falsa creencia.